Alejandra Herrera y Andrés Pardo
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En Diantres creemos que cada persona que crea con sus manos y su mente guarda un universo que merece ser contado. Por eso nace Perfiles, un espacio en el que retratamos a artistas y amigos de la casa para conocer sus procesos, sus búsquedas y la manera en que la creatividad atraviesa sus vidas.
Esta es una edición muy especial, porque tuvimos el gusto de conversar con dos personas que han sido muy importantes para nosotros, Andrés Felipe Pardo y Alejandra Herrera, artistas plásticos y fundadores de Proyecto Binario. Lo que comenzó como la idea de tener un espacio cultural se ha transformado en una plataforma que reúne distintas prácticas artísticas, conecta audiencias y acompaña proyectos que todavía están encontrando su forma.

¿Qué es lo que más disfrutan su labor en Proyecto Binario?
Alejandra: A mí me gusta mucho ver el talento de la gente. Creo que lo que más disfruto de tener este espacio es la posibilidad de aproximarme al arte y a lo creativo, de estar tan cerca de procesos que me parecen muy interesantes. Me gusta ver cómo las personas se expresan a través de un material, de un instrumento, o a través de su propia voz o de su cuerpo. Ver todas esas posibilidades que tenemos los seres humanos para crear es algo que me conmueve un montón.
Andrés: Con la labor de producción, uno podría pensar que no participa directamente de los procesos creativos, pero siento que, produciendo todo lo que pasa en Proyecto Binario, terminamos construyendo espacios de reflexión muy interesantes. Creo que eso es lo que más disfruto: esos momentos de construcción creativa y las redes que hacemos con la gente que va pasando por acá.
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¿Qué momentos han sido determinantes en la construcción de Proyecto Binario?
Alejandra: Creo que un motor muy grande ha sido convertirnos en papás, pero, ya estando el espacio en funcionamiento, la pandemia fue determinante. Abrimos y quince días después estábamos encerrados. Eso nos permitió entendernos desde otros lugares: construir una comunidad digital interesante, hacer propuestas interactivas y cruzar públicos. También conocimos gente que tenía muchas ganas de hacer cosas, pero no encontraba un espacio para hacerlo.
En ese momento nos acercamos de lleno a la gestión cultural porque conocimos a Popupart, una empresa que nos mostró ese mundo de una manera muy amable. Nos agarramos de ahí para entender este universo nuevo al que nos estábamos aproximando. Fue muy bonito porque, recién abiertos, teníamos que gestionar permisos y organizarnos para poder funcionar. Ese acompañamiento nos ayudó a entendernos también desde una estructura.
Andrés: Sí, la pandemia y volvernos papás fueron momentos importantes. Hay una frase que dice que los hijos vienen con el pan debajo del brazo, y creo que tiene algo de cierto. Cuando te conviertes en papá, empiezas a pensar en el mañana de una manera distinta. Ya no hay tanta posibilidad de reversa y aparece la necesidad de proyectarse.
Eso nos hizo pensar en unas escalas que, recién graduados, ni siquiera podíamos dimensionar. Nosotros literalmente estábamos sembrando verduras orgánicas y vendiendo ocho mercados cada ocho días. Con eso alcanzaba para vivir, parcharse y ya. Después empezamos a entender que podíamos construir algo más grande.
Alejandra: Dentro de esa construcción, ganarnos nuestras primeras becas fue un espaldarazo enorme. Entendimos que había recursos para hacer cosas y que podíamos soñar más allá de pensar solamente en producir. También fue importante que espacios universitarios, ARTBO y la Cámara de Comercio nos dieran visibilidad y posibilidades de circulación.
Hacer parte de este territorio de las industrias creativas y culturales, tanto desde lo privado como desde lo público, ha contribuido a que el espacio sea lo que es hoy. Y han pasado cosas muy bonitas: aquí se han casado personas, hemos hecho talleres y recorridos, y hemos ocupado roles que no necesariamente imaginábamos al principio. Nos hemos visto como gestores, talleristas y hasta wedding planners. Todas esas experiencias nos han permitido entender las diferentes posibilidades que tiene el proyecto.
¿Qué parte de su trabajo suele pasar desapercibida, pero es fundamental para que las cosas sucedan?
Andrés: Creo que todo ese trabajo detrás de cámaras, del que no se habla mucho en la academia de las artes plásticas o las humanidades, ese trabajo es nuestro superpoder. Entender cómo manejar cronogramas, producción y presupuestos es fundamental. Hemos aprendido a organizarnos para hacer las cosas, o por lo menos para intentar lograrlas.
Alejandra: Hay varios procesos que se vuelven invisibles durante la ejecución. Uno de los más grandes es toda la estructura que hay que darle a un proyecto para que pueda realizarse. También están las alianzas y el trabajo de juntarse con otros, que es difícil, pero está latiendo todo el tiempo.
Los procesos administrativos también están ahí: los pagos, los cobros, las carteras y todo lo que toca gestionar para que el día a día funcione. Son cosas que no siempre se ven, pero sostienen el espacio.
Y hay algo que suele hacerse invisible y que, en momentos como este, cuando tenemos una muestra, vuelve a aparecer: nuestras propias ideas. Nuestras cabezas casi siempre desaparecen durante la ejecución porque este es un lugar pensado para que otros puedan ejecutar sus proyectos. Nos volvemos casi implícitos dentro de lo que sucede.
Me siento muy orgullosa de no estar en función de que nuestras cabezas brillen. Sin embargo, también ha sido interesante abrir espacios como este, en los que podemos mostrar que Binario no funciona solo, sino que hay dos personas detrás, pensando y trabajando constantemente para que todo suceda.
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Si tuvieran que definir Proyecto Binario en una frase, ¿cuál sería?
Andrés: A mí me gusta mucho una frase que usamos para definir Proyecto Binario: creamos, cultivamos y propagamos vínculos entre audiencias y prácticas artísticas.
Hay algo interesante en esa idea de cultivar porque, como contábamos antes, nosotros empezamos nuestra vida laboral queriendo salirnos un poco de las artes y terminamos sembrando verduras. Durante más de un año estuvimos en eso. Para los dos fue un momento muy importante.
Esa experiencia nos dejó una analogía que sigue acompañándonos: las cosas necesitan tiempo, paciencia y alimento para crecer. Si uno les da esas condiciones, pueden florecer y dar frutos. Creo que algo parecido sucede con los procesos creativos.
Alejandra: Yo también siento que podríamos definirnos como una incubadora. Últimamente he pensado que lo que llega acá casi nunca está terminado. Muchas veces es un proceso al que todavía le falta tomar forma, y acá encuentra la posibilidad de desarrollarse.
Algo que nos ha pasado es que, al abrir las puertas a tantas prácticas, durante mucho tiempo nos costó entender qué éramos. Dentro de las artes plásticas tuvimos detractores porque acá pasan cosas que no corresponden necesariamente a la idea tradicional de una galería: una exposición puede durar quince días y no tres meses, es un espacio artístico que puede tener otros usos.
Recuerdo que un profesor se acercó una vez y me preguntó para qué servía trabajar con nosotros si desmontábamos una exposición en quince días, después de que alguien había trabajado durante todo un año. En esos momentos tuvimos que preguntarnos dónde estábamos y qué queríamos ser.
Nos dimos cuenta de que no éramos una galería ni un teatro, y que tampoco necesitábamos convertirnos en uno. Somos un espacio que acoge muchas prácticas, aunque ninguna nos defina por completo. Entenderlo así ha sido muy importante para mí: aceptar que no somos un gran espacio de circulación, ni queremos serlo.
Lo que más me ha resonado es pensar en Binario como una incubadora, un lugar donde algo que todavía no está terminado puede desarrollarse y salir adelante. Quizá, dentro de diez o quince años, alguien recuerde que uno de sus primeros pasos ocurrió acá y que, más adelante, ese momento ya no parezca tan importante. Pero en este momento sí lo es, y poder aportar a esos comienzos también tiene mucho valor.


